El pasado 14 de diciembre, Chile definió su rumbo político para el periodo 2026-2030 con un triunfo contundente de José Antonio Kast (58,2%). Sin embargo, para el mundo corporativo, el análisis relevante no reside solo en el porcentaje obtenido, sino en la compleja reconfiguración de fuerzas que este resultado gatilla y en los desafíos de gestión política que el nuevo Gobierno deberá sortear desde el primer día.
Entre la unidad y la identidad: la construcción de la nueva coalición
Tras una campaña marcada por la impugnación al actual oficialismo, el discurso del Presidente Electo ha girado rápidamente hacia la «unidad» y la «emergencia». Este movimiento estratégico no es solo retórico, responde a la necesidad de construir una base de apoyo amplia que integre desde el Partido Republicano hasta fuerzas de centro-derecha, pero esta búsqueda de una coalición extendida plantea una dualidad estratégica:
Fortaleza en el Congreso: Una alianza amplia permitiría alcanzar mayorías relativas, facilitando la aprobación de reformas estructurales y otorgando una estabilidad legislativa superior a la de administraciones recientes.
Tensión programática: El riesgo reside en la dilución de la identidad del proyecto original. Integrar sectores diversos obliga a negociar el «núcleo duro» del programa, lo que podría generar fricciones con la base de apoyo más fiel y tensionar la consistencia interna de la coalición.
El factor tiempo: expectativas ciudadanas frente a la institucionalidad
Uno de los mayores desafíos para la estabilidad política será gestionar la brecha entre la velocidad de las demandas sociales y los tiempos de la política institucional. La sociedad chilena actual se caracteriza por una alta fragmentación y una desafección que el voto obligatorio oculta.
El éxito del nuevo ciclo dependerá de la capacidad del Ejecutivo para ofrecer resultados tangibles en un plazo breve. Existe el riesgo de que, si las promesas de campaña se dilatan en los procesos administrativos o legislativos, el respaldo electoral –que en gran medida fue un «voto de traspaso» en una elección binaria– se evapore rápidamente, transformándose en una nueva ola de descontento.
El reto comunicacional: de la segmentación al relato común
Durante la campaña, el uso de algoritmos y la hipersegmentación permitieron al candidato adaptar su mensaje a audiencias específicas con gran eficacia. Sin embargo, en el ejercicio del poder, esta lógica deja de ser viable. El paso de la comunicación electoral a la gubernamental exige:
Un relato común: El Gobierno debe abandonar la ambigüedad estratégica de la campaña para establecer una narrativa nacional coherente.
Mayor escrutinio: Al unificar el mensaje, disminuye el margen para modular expectativas de forma diferenciada, lo que expone a la administración a una fiscalización más severa por parte de actores sociales y medios de comunicación.
En definitiva, la gobernabilidad del próximo periodo no dependerá únicamente de la agenda técnica, sino de la pericia para administrar estas tensiones de poder y consolidar una mayoría que sea capaz de transitar desde la victoria electoral hacia una gestión política sostenible en el tiempo.
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