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Generación de expectativas y capacidad de gestión

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Generación de expectativas y capacidad de gestión
Durante su instalación, el Gobierno ha enfrentado tensiones tempranas entre lo prometido por el candidato Kast en campaña y la realidad de los primeros meses como Presidente. Abordamos tres dimensiones que han marcado la primera etapa del Gobierno en este sentido.

Un marketing eficaz que no siempre se traduce en gestión

La campaña de José Antonio Kast fue reconocida como un ejercicio de marketing político eficaz. Identificó un electorado fatigado, construyó mensajes altamente replicables sobre seguridad y orden fiscal, y los instaló con precisión en el debate público. El resultado fue un relato que no necesitó anclar sus promesas en propuestas programáticas detalladas: operó sobre emociones sin exigirse en la arquitectura de las políticas públicas.

Esa lógica no se detuvo al ganar. La Oficina del Presidente Electo –una invención singular para la transición entre gobiernos– ofreció el espacio desde donde se construyó el relato de instalación del nuevo mandato. Los ejes definidos –“emergencia fiscal» y seguridad pública– tenían alta resonancia ciudadana y funcionaron, ante todo, como dispositivos comunicacionales.

Ya en ejercicio, el Gobierno desplegó una estrategia de saturación mediática que ha desorientado a una oposición desarticulada y le ha permitido controlar buena parte del ciclo informativo. La distancia entre el relato y la gestión, sin embargo, se ha hecho visible en áreas clave.

Una gestión que no siempre ha estado a la altura de lo prometido

Uno de los atributos centrales que prometió la candidatura de Kast fue mayor competencia ejecutiva: un gobierno capaz, eficiente, que sabía cómo hacer funcionar al Estado. Esa promesa elevó el costo político de los errores de instalación, que en cualquier gobierno nuevo son inevitables, pero que en este caso resultaban especialmente onerosos dadas las expectativas generados.

El caso más elocuente fue el Ministerio de Seguridad. La ex ministra Steinert llegó con el perfil de quien conocía el fenómeno del crimen organizado, pero la gestión reveló pronto sus límites: una intervención cuestionada en la PDI, un revés judicial ante el ataque a la ministra Lincolao y la admisión pública ante el Congreso de que el Ejecutivo no contaba con un plan formal de seguridad. A los 69 días de iniciada la administración –el cambio de gabinete más temprano desde el retorno a la democracia– el Gobierno debió hacer ajustes. El modo en que procesó la crisis fue coherente con su estilo comunicacional: reacción rápida, centralización en la figura presidencial y un encuadre que presentó el cambio como señal de liderazgo antes que como reconocimiento de un error de diseño.

El centro de gravedad real: la agenda económica

Lo que la instalación ha ido revelando es que la apuesta política clave del Gobierno no está en la seguridad –que cumplió sobre todo una función electoral– sino en la agenda económica. Es allí donde el Ejecutivo llegó con mayor preparación: proyectos listos, objetivos explícitos y una narrativa técnica consistente.

El Ministerio de Hacienda se convirtió rápidamente en el principal articulador de las prioridades gubernamentales. La Ley de Reconstrucción Nacional –40 medidas centradas en rebaja de impuestos, desregulación e incentivos a la inversión– configura una agenda que la literatura económica asocia a la Economía de la Oferta, la misma lógica que sustentó el programa de Reagan en los años ochenta. Esta se basa en cuatro pilares simultáneos: reducción de impuestos, desregulación, reducción del gasto público y control de la política monetaria. Los tres primeros están presentes en las iniciativas del Gobierno. El cuarto, sin embargo, escapa al ámbito de acción del Ejecutivo: en Chile, la política monetaria es atribución exclusiva del Banco Central, constitucionalmente autónomo. Lo que se está implementando es, en rigor, un programa de oferta incompleto, y la historia comparada sugiere que sin esa coordinación los efectos sobre la inversión y el empleo son más lentos e inciertos. Las cifras de inflación de marzo y abril –impulsadas en parte por el propio Gobierno al traspasar a los consumidores el alzar en el precio de los combustibles– ilustran ya esa tensión.

Cierre

Si bien tres meses son insuficientes para emitir juicios, sumados a los períodos de campaña y transición entre gobiernos es posible identificar algunos patrones en la instalación del Presidente Kast: un estilo comunicacional que moviliza expectativas altas, una gestión que aún no muestra capacidad de administrar esas expectativas y una agenda económica reconocible como núcleo prioritario del proyecto político, aunque opera con una limitación estructural relevante. Identificar esta agenda como centro de gravedad del Gobierno y darle seguimiento observando sus condicionantes políticas, es importante para leer y entender la contingencia diaria.