Las oposiciones de izquierda y centroizquierda aún no logran formular un proyecto capaz de interpretar el nuevo escenario político y social. Su dispersión de fuerzas, además de debilitarlas, le ha dado más espacio al Ejecutivo para empujar su programa y a fuerzas como el PDG y el PNL para instalarse como alternativa.
La ausencia de acuerdo sobre cuándo negociar, confrontar o movilizarse muestra, en el fondo, las discrepancias en los métodos a los que recurren las fuerzas de oposición para ejercer su rol, pero, la pregunta más importante hoy es a qué sectores sociales buscan representar, qué diagnóstico ofrecen y qué horizonte de gobierno proponen.
El debilitamiento de los antiguos anclajes sociales de los partidos; como la pertenencia de clase, el territorio o las organizaciones sindicales, dificulta anticipar hoy las preferencias electorales con la claridad de otras décadas. Además, el voto obligatorio con inscripción automática profundizó ese desafío, porque incorporó de manera estable a electores con menor identificación partidaria y comportamientos más volátiles. Las fuerzas tradicionales de izquierda y centroizquierda ya no pueden asumir que representan por defecto a los trabajadores, las clases medias o los sectores populares.
Mientras las izquierdas resuelven sus disputas internas, otras fuerzas avanzan sobre el electorado que ese sector necesita recuperar. El Partido de la Gente ha construido una oferta reconocible para ciudadanos que no se identifican con la división tradicional entre izquierda y derecha y que evalúan a las instituciones por su capacidad de resolver problemas cotidianos. El Partido Nacional Libertario compite desde un registro distinto, más definido ideológicamente, asociado a la reducción del Estado y al cuestionamiento de las élites tradicionales. Ninguno de los dos pertenece a la izquierda ni a la centroizquierda, pero ambos disputan electores que ese sector necesita para reconstruir una mayoría.
Las elecciones municipales y regionales de 2028, junto con las presidenciales y parlamentarias de 2029, volverán a generar incentivos de coordinación electoral entre los partidos de oposición. Sin embargo, una convergencia conformada solo para distribuir candidaturas podría repetir las limitaciones de la Alianza que dio sustento al gobierno de Gabriel Boric. Más allá de encontrar un liderazgo capaz de ordenar a los partidos, las oposiciones necesitan encontrar y proponer un proyecto político acorde a la interpretación compartida que tienen del país y su futuro.
Mientras la oposición no consiga un eje que la ordene, el Ejecutivo cuenta con más margen para negociar su agenda sector por sector, lo que vuelve más previsible el corto plazo. Queda abierta, sin embargo, la pregunta sobre qué proyecto y qué actores disputarán el poder de aquí a 2029, algo que interesa directamente a quienes miran el país con horizontes más largos.